|
LESEPROBE
Fred Breinersdorfer DER HAMMERMÖRDER
Un claro día de mayo. El frío de la noche había preparado el copioso rocío que saturaba el suelo. Relucía el follaje fresco de la mañana y blancas nubes primaverales surcaban el cielo. De las dos grandes cloacas del "Molino de las escorias", llegaban los miasmas putrefactos y hedores fecales, revueltos por la lenta maquinaria de la planta purificadora. Un muchacho avanzaba agazapado por el bosquecillo ralo, que cubría los escasos 300 metros entre la calzada y el Murr, hasta su desembocadura en el Neckar. Tras ocultar los útiles escolares y su bicicleta bajo unos arbustos, se interna por la secreta senda. Avanza con todas las precauciones, parapetándose tras las conocidas defensas del terreno. Se desliza por un borde de la pendiente, hacia el río. De vez en cuando, alza la mano derecha con el índice estirado y el brazo en ángulo, y plantado como tirador de pistola, guiña un ojo hasta enfilar la muesca y la mira. En la penumbra del boscaje, tras los troncos, acecha el enemigo. Quizá pieles rojas, o algún criminal de los que él persigue. De pronto, tras una rama seca, ve el conocido perfil de un prófugo, y fua fua, presiona el gatillo, y otra vez, fua, y brinca sin erguirse, escurriendo el cuerpo hacia un claro desde donde, en efecto, oye un disparo. Y no ha sido lejos. El muchacho se estremece. Escucha. ¿Habrá algún intruso como suele ocurrir en la TV? Tendido sobre la hierba húmeda, todo oídos, espera que repliquen. Trata por lo menos de captar algún movimiento, gritos, alguna orden susurrada. Nada. Sólo rumor de vehículos por las vías aledañas y el perezoso murmullo del riachuelo. El muchacho redobla su atención. No sin algún temor se cuida de lo que pueda aparecerle desde la dirección donde se produjo el disparo. La evidencia de que a pocos metros alguien ha usado un arma, se mezcla con su fantasía. El hecho es otro componente de su gran aventura. ¡Un enemigo le ha disparado! Manteniendo siempre la pistola en alto, escrutando en todas direcciones, se desliza entre las ramas bajas. Conoce cada raíz, cada piedra. En su propio terreno nadie puede enfrentársele. Llega a la orilla del aparcamiento. Por allí va muy poco, porque siempre hay ruidos fastidiosos y un sendero interrumpe la continuidad del bosque. Pero oído aquel disparo, se ve obligado a controlar la zona. Y en efecto, en ese preciso instante ve salir un BMW blanco. Sin pensarlo dos veces, el muchacho apunta con el índice a una llanta del vehículo y fua fua, fuácate, pero el BMW consigue huir hacia el asfalto de la calle y acelera en dirección a Marbach. ¡Qué cobarde! El muchacho se vuelve. Se interna absorto por un sendero. Recorre los 200 pasos infantiles que median hasta la confluencia con el Néckar y pronto se olvida del disparo. El rumor de la ciudad ha vuelto a extinguirse. Otra vez su fantasía da brincos y volteretas. Desde luego, alguien que vive dando tiros como él, no tiene por qué acordarse de uno más y sin consecuencias.
Fred
Breinersdorfer
zurück zu: e-Mail: fred@breinersdorfer.com
|